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PALABRA DE DIOS, BAUTISMO Y EUCARISTÍA EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Al exhortar a todos los fieles al anuncio de la Palabra divina, los Padres sinodales han reiterado también la necesidad en nuestro tiempo de un com-promiso decidido en la missio ad gentes. La Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de “mantenimiento” para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial. Además, los Padres han manifestado su firme convicción de que la Palabra de Dios es la verdad salvadora que todo hom-bre necesita en cualquier época. Por eso, el anuncio debe ser explícito. La Iglesia ha de ir hacia todos con la fuerza del Espíritu (cf 1Cor 2,5), y seguir defendiendo proféticamente el derecho y la libertad de las personas de escu-char la Palabra de Dios, buscando los medios más eficaces para proclamarla, incluso con riesgo de sufrir persecución. La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva (cf Rom 1,14). (Verbum Domini, 95).

En el Antiguo Testamento, la Palabra prepara el evento de la Palabra que se hace carne. La carta a los Hebreos comienza precisamente subrayando este dinamismo extremo de la Palabra: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos» (Heb 1,1-2). La Palabra nos convoca y nos reúne como pueblo sacerdotal de Dios, uniéndonos interiormente, liberando nuestra identidad y devolviéndonos la conciencia de la fraternidad universal bajo la mirada de un solo Padre. Es la Palabra que está en el origen de cada relación: «Movido de amor [Dios] habla a los hombres como amigos (cf Éx 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cf Bar 3,38), para invitarlos y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2).

Proclamar el Evangelio en cualquier circunstancia no significa tener coraje, sino tener fe; significa creer que la proclamación franca y constante de la Palabra que salva, sin retroceder frente a las dificultades y fracasos, corresponde a las necesidades más profundas y a las preocupaciones más universales del corazón humano. Muchas veces, la Iglesia, en su liturgia, repite la advertencia de no cansarse en este itinerario de fe. La Palabra de Dios crece y se propaga a través de las persecuciones, en las diásporas, en los rechazos y también en las acogidas inesperadas (cf Is 55,10-11). La fe es la certeza y la convicción de que el Evangelio de Jesús es, para el hombre de todos los tiempos, la Verdad que da la vida e indica el camino para su vida de comunión eterna con Dios (cf Jn 14,6).

«Los primeros cristianos han considerado el anuncio misionero como una necesidad proveniente de la naturaleza misma de la fe: el Dios en que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había manifestado en la historia de Israel y, de manera definitiva, en su Hijo, dando así la respuesta que todos los hombres esperan en lo más íntimo de su corazón. Las primeras comunidades cristianas sentían que su fe no pertenecía a una costumbre cultural particular, que es diferente en cada pueblo, sino al ámbito de la verdad que concierne por igual a todos los hombres. […] En efecto, la novedad del anuncio cristiano es la posibili-dad de decir a todos los pueblos: “Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él. La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: Él se ha revelado”» (Verbum Domini, 92).

Creer en Jesucristo no es una opinión religiosa, o una opción ideológica: es una opción de vida frente a la revelación de la Verdad. La paradoja cris-tiana de la Cruz de Jesús revela el significado del sufrimiento, inevitable, de la condición humana, abriéndolo a su dimensión más profunda y a la posibilidad de una total entrega de la vida. La fe transmitida (Palabra de Dios y bautismo) es siempre la fe de la Iglesia y en la Iglesia, que da la vida de Dios a través de Cristo y el Espíritu (Verbo encarnado y Eucaristía). La fe es la sustancia de la esperanza en la vida eterna (cf Spe salvi, 2-9).

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