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Las bienaventuranzas y la vida de familia

Palabra, penitencia y eucaristía acompañan a la familia cristiana en su caminar peculiar a través de las realidades mundanas hacia la santidad, y la llevan a comprender el sentido profundo de las bienaventuranzas evangélicas (Mt 5,3ss; Lc 6,20ss), las cuales tienen que ser vividas por los esposos en clave conyugal y por la familia entera en la dimensión laical específica de la espiritualidad familiar.• La paz es aspiración constante de la vida conyugal y familiar: una paz entendida no tanto como ausencia de contrastes (éstos son inevitables en el plano humano), sino como conciliación de las diversidades personales en la comunión profunda, que es don del Espíritu. Esta paz es también misericordia, por ser fruto de una actitud interior de humildad, que hace que cada uno se reconozca limitado, pecador, necesitado del perdón de Dios y de los hermanos. En virtud de esta actitud, se perdonan las ofensas del prójimo, en la seguridad de que, a quien perdona y en la medida en que perdona, Dios le perdona.• La justicia, ideal al que tan sensible es el hombre contemporáneo, encuentra en el ámbito conyugal y familiar una singular posibilidad de que sea vivida en el plano de la espiritualidad. La justicia consiste, ante todo, en una actitud de respeto, profundo y convencido, a la diversidad de las personas; un respeto que tiene su raíz en la conciencia de que Dios es la fuente y la riqueza de toda diversidad. El reconocimiento de la personalidad de la mujer en el ámbito familiar se basa en la justicia; de aquí deriva el empeño concreto por una equitativa división de las tareas y de los deberes, en una variedad y elasticidad de servicios y de roles, de suerte que en el ámbito de la pareja conyugal no se registren jamás formas de opresión del uno sobre el otro ni continuas confrontaciones polémicas, sino que se arreglen las diferencias en dinámica armonía, que nace del respeto y halla su plenitud en el amor. La justicia es guía indispensable de la vida familiar y punto de referencia de un amor parental. que el instinto y las limitaciones humanas podrían hacer posesivo, oprimente, contrastante con las reales exigencias de crecimiento de las personas.• Las persecuciones y el sufrimiento tampoco son extrañas al horizonte de la familia. Existe un tipo de «persecución» que todos los cristianos experimentan en diversa medida: el de la incomprensión y a veces el desprecio o la calumnia. La pareja cristiana, precisamente por los valores que trata de destacar con sus opciones y su vida, es a menudo blanco de esta sutil persecución, que va en los casos concretos desde la marginación social de hecho de las familias numerosas hasta las insinuaciones infamantes por la resistencia a faltar a los propios principios en el plano de la moral sexual y de la fidelidad. Estas y otras actitudes abierta o sutilmente persecutorias son el banco de prueba de la fortaleza y de la fe de las parejas cristianas y el «lugar» en el que experimentan el llamamiento universal a las bienaventuranzas.

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