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Espiritualidad familiar y sacramento del matrimonio

En relación con la espiritualidad familiar y conyugal son posibles diversas aproximaciones y, consiguientemente, diversas definiciones de la misma. La perspectiva que adoptamos quiere ser esencialmente fenomenológica y existencial, por lo cual, más que a analizar en abstracto las características y las peculiaridades de tal espiritualidad, tiende a «describir» lo que es o debería ser el modo de vivir como cristianos el matrimonio y la familia. Es sobre todo a nivel de existencia cristiana donde más fácilmente emergen las afinidades y, al par, las divergencias de las diversas espiritualidades; las afinidades, porque todo estado de vida es.-tr «seguimiento» e «imitación» de Cristo; y también las divergencias, porque la forma de «seguimiento» y de «imitación» exigida a los esposos cristianos se sitúa en un nivel diferente y se expresa en formas peculiares. Basta pensar en la diversa relación que se establece en lo concerniente a la sexualidad; tanto los casados como los consagrados están llamados a vivir su sexualidad en Cristo; pero los primeros, por así decir, a través de ella; los otros, por encima de ella (si bien jamás contra ella, pues llegarían a la desintegración de su misma vida afectiva). También la dimensión comunitaria de la vida cristiana asume una tonalidad particular en la vida de familia, así como la invitación a vivir las bienaventuranzas evangélicas se encuadra en un contexto diverso y en una diversa situación existencial. Especificidad, pues, de la espiritualidad familiar, si bien en el contexto de un llamamiento universal a la santidad, que se dirige a todos los cristianos independientemente de su estado de vida.

A la luz de estas premisas, la espiritualidad familiar podría definirse como el camino por el que el hombre y la mujer unidos en el matrimonio-sacramento crecen juntos en la fe, en la esperanza y en la caridad y testimonian a los otros, a los hijos y al mundo, el amor de Cristo que salva.

Este proceso de crecimiento caracteriza la espiritualidad del matrimonio y de la vida de familia, la cual se sitúa sobre todo a nivel de experiencia, mientras que el fundamento teológico de esta espiritualidad ha de buscarse en la reflexión sobre el sentido del matrimonio en el ámbito general de la teología de los sacramentos.

En esta existencia cristiana dentro del matrimonio globalmente considerada pueden contemplarse dos ámbitos relativamente distintos, aunque habitualmente conexos entre sí: la espiritualidad conyugal o de pareja, que se realiza en la relación entre hombre y mujer en el matrimonio y que está caracterizada y marcada por el sentimiento amoroso y, en consecuencia, por la dimensión afectiva y por la recíproca integración en el plano de la sexualidad y de la vida común, mas sobre todo por el sacramento; la espiritualidad de la familia, que enlaza con la primera, pero que se extiende, a través de la paternidad y de la maternidad, a la relación entre padres e hijos, definida por la dimensión afectiva parental y filial y en consonancia con las diversas edades.

Una espiritualidad familiar entendida en sentido lato comienza ya con la espiritualidad del noviazgo, contemplada como itinerario de fe hacia el sacramento y la vida cristiana de pareja; y comprende también la espiritualidad de la viudez [>.muerte-resurrección V. 3], o, incluso, la de la soledad (cuando uno de los cónyuges se ve abandonado por el otro o se queda de hecho solo), puesto que también estas condiciones de vida -en algún modo marcadas, por anticipación o por prolongación, por el sacramento del matrimonio- son urgidas a realizarse en términos de espiritualidad, o sea de crecimiento en la fe y en el amor. Elemento constante de estos diversos modos de situarse ante el matrimonio es la capacidad de tender a la plenitud de la existencia cristiana hic et nunc, esto es, en la concreción de una determinada situación histórica, en la capacidad de leer lo que ocurre no simplemente como «suceso», sino como «acontecimiento»; no como tiempo cronológico, sino como kairós, es decir, como tiempo de gracia y de salvación.

Tal existencia cristiana dentro del matrimonio se basa en la fe, radica en la palabra de Dios, se coloca en una línea de continuidad con los otros sacramentos. De la oscura e implícita intuición de que amor, sexualidad y procreación dicen de algún modo relación a la esfera de lo sacro, se pasa, en el matrimonio cristiano, a la explícita conciencia de la estructura constitucionalmente religiosa de la relación entre hombre y mujer y, por ende, a la comprensión de su carácter específicamente sacramental, en virtud del cual los cónyuges cristianos no son sólo testimonio de un amor humano total y fiel, sino que también «significan el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia» (Ef 5,32; LG 11) y participan del mismo, a tal punto que la ordenación de toda la vida conyugal a la santidad (LG 11) se presenta como el natural coronamiento de este nuevo modo de ser «como pareja» en la Iglesia. Modo «nuevo» no porque se dé un salto del amor del hombre al amor de Dios, sino porque es el mismo amor humano, en todas sus auténticas manifestaciones, el cual «es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentorade Cristo y la acción salvífica de la Igle sia» (GS 48) hasta hacer del pacto nupcial un «sacramento» y de la vida conyugal una especie de «consagración»

En esta perspectiva, la espiritualidad conyugal y familiar se presenta como el camino por el que la vocación a la santidad, común a todos los fieles (LG 39ss), se realiza en la específica condición vital del matrimonio y de la familia; no por encima de ella, ni tampoco sólo través de ella, sino pura y simplemente en ella. La vida conyugal, el «aquí» y «ahora» constituido por el cónyuge, los hijos, la profesión, la casa, el barrio (en una palabra, todo el complejo de realidades humanas que constituyen la sustancia de la vida de familia), son el «lugar», mucho más teológico que sociológico, en el que Dios expresa su llamada a la santidad y se propone como «imangen» que la familia cristiana está de algún modo destinada a expresar y traducir en su ámbito específico. Precisamente por estar hechos ad imaginem Dei vivi, los cónyuges cristianos han de vivir «unidos» y están llamados a una santidad (GS 52) que es, al mismo tiempo, don de Dios y respuesta del hombre, tendencia escatológica y compromiso mundano, «fraternidad de caridad» (LG 41) dentro de la familia y servicio a los hermanos en la sociedad yen la Iglesia. El matrimonio supera de este modo su dimensión exclusivamente institucional, jurídica y social, para recuperar por entero toda su densidad teológica y sacramental.

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