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Lectio Divina Tercer domingo de adviento Año C

LECTIO
Primera lectura: Sofonías 3, 14-18a
Segunda lectura: Filipenses 4,4-7
Evangelio: Lucas 3,10-18

MEDITATIO
La Palabra de Dios me invita a la alegría como nota cualificada de mi testimonio cristiano. «Alegrarse en el
Señor»: en el lenguaje cotidiano nunca decimos “alegrarse en una persona”, sino más bien “alegrarse con una persona”, o “por una persona”. La Escritura, sin embargo, me dice: «Alegrarse en el Señor». Estoy llamado a esta singular alegría: puedo alegrarme en cuando vivo unido a otro, al Señor. Mi alegría verdadera sólo brotará de una experiencia de relación, de comunión
con el Señor Jesús.

La alegría arraigada en la esperanza de la venida de Jesús se expresa en la afabilidad con los otros, en la mansedumbre en las relaciones con mis hermanos, en el buscar siempre lo conveniente, lo adaptado a cada situación, en el esfuerzo por lograr la medida justa con cada hermano que encuentro.

Mi alegría debe manifestarse también en las obras de justicia, en las obras de una vida “salvada”. Para poder encontrar hoy paz, el evangelio no me deja sólo con la pregunta: «¿Qué debo hacer?». Quiere ayudarme además a plantearme una pregunta más profunda: «¿A quién debo dar mi corazón? ¿Quién puede decirme una palabra verdadera que suscite y refuerce en mí el querer el bien?». El Bautista, maestro de moral y de justicia, me amonesta a no abandonar esta pregunta y me indica también la respuesta, es decir, me orienta hacia el Único que vale la pena mirar, para apostar por él todo el sentido de mi existencia.

ORATIO
Te miramos a ti, Señor Jesús, aquel que Juan llama «más fuerte»: y tú lo eres porque haces presente y operante la potencia de Dios Padre, para nuestra salvación; lo eres también porque sabes vencer todas nuestras debilidades, todas nuestras resistencias; lo eres porque nos libras del mal y das la paz a nuestro corazón.

Te miramos a ti, Señor Jesús, que bautizas en el Espíritu Santo: tú nos sumerges en la vida misma de Dios, nos comunicas el Espíritu que habita en ti, el Espíritu cuyo fruto es la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la
benevolencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí.
Te miramos a ti, Señor Jesús, que vienes a juzgar el mundo. Actúa también hoy con “fuego”: danos a conocer la santidad de Dios, su amor exigente que nos purifica y que es insostenible para nosotros que tenemos la fragilidad de la paja. Mientras, dispersos entre la gentedel Jordán, reconocemos nuestro pecado y nuestras ligerezas, acércate a nosotros y danos fuerza para volver
a Dios.
Te miramos a ti, Señor Jesús: mientras buscamos la alegría en otra parte, te acercas y nos repites: «Tu Dios se alegra y exulta por ti».

CONTEMPLATIO
Abriendo nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz divina que clama: «Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones» .
Y, buscándose el Señor un obrero entre la multitud a la que lanza su grito de llamamiento, vuelve a decir:
«¿Hay alguien que quiera vivir y desee pasar días prósperos?». Si tú, al oírle, respondes: «Yo», otra vez te dice
Dios: «Si quieres gozar de una vida verdadera y perpetua, guarda tu lengua del mal; tus labios de la falsedad; apártate del mal y obra el bien, busca la paz y corre tras ella». Y, cuando cumpláis todo esto, tendré mis ojos fijos sobre vosotros, mis oídos atenderán vuestras súplicas, y antes de que me interroguéis os diré yo: «Aquí estoy». Hermanos amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor, que nos invita? Mirad cómo el Señor, en su bondad, nos indica el
camino de la vida.
Si se considera necesario algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener la caridad, no abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vidan monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios (Benito de Nursia, Prólogo a la Regla).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad
alegres» (Fil 4,4).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
la alegría es oración. la alegría es fuerza. Es como una red de amor que coge a las almas. Dios ama al que da con alegría. El que da con alegría, da más. No hay’ mejor manera de manitestar nuestra gratitud a Dios y a los hombres que aceptar todo con alegría.
Un corazón ardiente de amor es necesariamente un corazón alegre. No dejéis nunca que la tristeza se apodere de vosotros hasta el punto de olvidar la alegría de Cristo resucitado. Continuad dando Jesús a los demás, no con palabras sino con el ejemplo, por el amor que os une a él, irradiando su santidad y difundiendo su amor profundo, id por todas partes.

Que vuestra tuerza no sea otra que la alegría de Jesús. Vivid felices y en paz. Aceptad todo lo que él da y dad todo lo que él toma con una gran sonrisa (Madre Teresa).

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