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Lectio Divina Segundo domingo de adviento Año C

LECTIO
Primera lectura: Baruc 5,1-9
Segunda lectura: Filipenses 1,4-6.8-11
Evangelio: Lucas 3,1-6

MEDITATIO
El comienzo de la época cristiana está marcado con el reaparecer de la profecía. Para Lucas, en Hechos,
también el acontecimiento Iglesia comenzará con el don del Espíritu que nos hace profetas a todos los cristianos, hombres de la Palabra, capacitándonos, como al Bautista, para escuchar las urgencias de nuestro tiempo y proclamar la Palabra de salvación que enderece nuestros senderos humanos.
¿Qué quiere decir, para nosotros, ser profetas? Ante todo y fundamentalmente significa recibir un anuncio de esperanza de parte de Dios. (( Todo valle será rellenado
y todo monte abajado» y Dios es el sujeto de estas acciones. Él será quien rebajará los montes y rellenará los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de la incredulidad de nuestro corazón y allanará para cada uno de nosotros el camino de la conversión antes de que nos mande recorrerlo. Ciertamente que no nos faltarán cansancios cuando colaboremos responsablemente en enderezar los caminos. Pero si es Dios quien interviene, quiere decir que ninguna de nuestras situaciones, por
duras que sean, carecen de esperanza; precisamente nuestro compromiso “profético” está para que se pueda
realizar nuestra esperanza.
Además al profeta nunca le falta el desierto. Decir desierto significa silencio, búsqueda de la esencialidad, lucha contra la propia soberbia y contra los múltiples enemigos del alma, escucha atenta de la Palabra, distancia crítica de las “modas” y juicios demasiado precipitados.
Quizás no resulte fácil pensar que ante una multitud bulliciosa sea más probable encontrar a alguno que escuche, pero el Bautista no parece que pensaba así. Juan nos enseña a amar el desierto, aunque conlleve no pocas situaciones de pobreza, indiferencia, injusticia, en las que se nos invita a hacer resonar la Palabra del consuelo y la fraternidad.

ORATIO
Me sorprende también este año tu promesa, Señor: mientras voy caminando con la Iglesia para preparar la Navidad, escucho que eres tú quien me abres el camino
de la conversión.

Me abres un camino alcanzándome con tu Palabra, mientras yo con frecuencia la escucho distraídamente y sin entusiasmo, tú me recuerdas que el encuentro con tu Palabra es más fuerte que la potencia de los imperios
y que los grandes de este mundo transformando mi vida en historia de salvación. Enséñame a escuchar, enséñame el silencio.

Me abres un camino prometiendo rebajar los montes y rellenar los valles. Si no fuera porque tú me lo dices, estaría tentado de pensar que tengo la batalla perdida de antemano: que no cese, Señor, de luchar contra las montañas del orgullo, de la ira, de los vicios y no me asuste por los fallos de mi respuesta poco generosa.
Me abres un camino indicándome tantos desiertos que encuentro a mi alrededor y los espacios vacíos que
nuestra caridad no sabe cómo llenar: que pueda, Señor, hacer lo que esté de mi parte, sin desanimarme por tan-
tas cosas como no puedo o no sé hacer.

CONTEMPLATIO

El amor divino sana todas las enfermedades del alma, arranca las raíces de todos los vicios, es el comienzo de todas las virtudes: ilumina la inteligencia, purifica la conciencia, serena el espíritu, revela a Dios.

Quien posee el amor divino, piensa siempre en su encuentro con Dios; trata de evitar los escándalos y de encontrar la auténtica paz. Su corazón está siempre orientado a lo alto, a los bienes del cielo: en el trabajo o en el reposo, en cualquier circunstancia su corazón no se aleja nunca de Dios. En el silencio piensa en Dios, en las
conversaciones sólo desea hablar de Dios y de su amor.

Cuando exhorta a otros, inflama sus sentimientos, y al exaltar ante todos el amor divino, demuestra cuán dulce es con las palabras y con el ejemplo.

Ven a nuestras almas, amor divino, ensancha los corazones, acrecienta los santos deseos, amplía la capacidad del espíritu para que pueda acoger a Dios como su eterno huésped (Rugo de San Víctor, In lode del divino amare, Milán 1987, 284-286).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Preparad el camino del Señor. Todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,4-6).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La soledad es el horno de la transformación. Sin soledad seguimos siendo víctimas de nuestra sociedad, seguimos enredados en las ilusiones de nuestro falso yo. Jesús mismo entró en este horno (…).

Para entender el verdadero significado de la soledad, es necesario desenmascarar algunas ideas deformadas de la misma. Todos
admitimos la necesidad de algunos ratos de soledad. Sin embargo,
lo que queremos a veces decir es la necesidad que tenemos de un
tiempo y un lugar para nosotros mismos, un tiempo y un lugar en
que nadie nos moleste. Soledad es a menudo para nosotros sinónimo de privado.

Es más, pensamos en la soledad como una especie de estación de servicio en la que podemos cargar nuestras baterías, o como el rincón de un ring de boxeo en el que ponen aceite en nuestras heridas, dan masaje a nuestros músculos y nos animan a seguir en la lucha mediante eslóganes apropiados. Para ser breves, pensamos en la soledad como en el lugar en que reparamos nuestras fuerzas para proseguir la competencia incesante de nuestras vidas.

No es ésta la soledad de Juan Bautista, san Antonio o san Benito, de Carlos de Foucauld o los hermanos de Taizé. Para ellos, la soledad no es un lugar terapéutico privado, sino el lugar de la conversión, el lugar donde muere el viejo yo y nace uno nuevo, el lugar donde emerge el hombre nuevo yla mujer nueva (H. J. M. Nouwen, El camino del corazón, Madrid 1986, 21-23).

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