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Lectio Divina Primer domingo de adviento Ciclo “C”

LECTIO
Primera lectura: Jeremías 33,14-16

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 3,12-4,2

Evangelio: Lucas 21,25-28.34-36

MEDITATIO
Sin duda, tenemos momentos en que nos centramos en los graves problemas que nos afectan directamente, o a nuestra familia o comunidad. La comunidad creyente con frecuencia precisa echar mano de los consejos más ordinarios, como los que da Pablo a los tesalonicenses. Todos necesitamos fortalecer nuestra fidelidad cotidiana al estilo que nos marca el evangelio, conscientes de que, aunque no tengamos problemas graves, no debemos vivir con una
fe encogida ni debemos dar por supuesta la caridad.

Las lecturas bíblicas son una invitación a esperar la venida del Señor con caridad y justicia. El amor del que habla Pablo es un amor “desbordante”: «os haga crecer
y rebosar». Si ponemos límites o diques a nuestro amor, no es amor; nuestra caridad cristiana debe encontrar su mejor imagen en la de un río cuyas aguas no se pueden
contener.

Además se trata de un amor “recíproco”, visible dentro de la Iglesia, y un amor “a todos”, expresando así también amor hacia el exterior. No olvidemos que esta
llamada a la caridad se da para una Iglesia donde las relaciones con la ciudad no son fáciles. Nuestra caridad
con los más próximos y con los lejanos tiene una misma procedencia y una puede ser, hoy para nosotros, la medida de la autenticidad de la otra.
Además es un amor que se debe manifestar más si se desempeña un ministerio en la comunidad; Pablo ha
dado ejemplo: «Lo mismo que nosotros os amamos».
Finalmente, aparece la caridad que nos lleva a una fe sólida y a la santidad, una solidez que resiste hasta la venida de Cristo: «Para que cuando Jesús nuestro Señor se manifieste, os encuentre interiormente fuertes e irreprochables» (l Tes 3,13). Reconocemos y confesamos
que Jesús es el Señor, sabiendo que su señorío se extiende ya ahora en el mundo donde nos encontramos vi-
viendo su amor.

ORATIO
(A ti, Señor, levanto mi alma»: al comienzo del adviento renace en mí la esperanza de volver a caminar
por tus sendas que con frecuencia he abandonado. Tu invitación a levantar la cabeza para ver la cercana libe-
ración es lo que mueve mi esperanza. Por eso, a ti levanto mi alma. La promesa de tu venida sostenga de
nuevo mi compromiso por obrar el bien.
(( Señor, enséñame tus caminos»: al pedirte que endereces mi camino, comprendo que no puedo nada si tú mismo no me enseñas tus caminos. No sólo eso, tú mismo eres el Camino, tú eres el ((germen de justicia» capaz de hacer justos nuestros caminos, tú eres el único por el que pueda decidir de nuevo gastar mis días en la caridad.

((Enseñas el camino justo a los pecadores»: Quiero ser sincero, Señor. Ante tu promesa siento todavía más
fuerte el tirón de mis distracciones y los afanes que embotan el corazón, observo la capa opresora de males que afligen al mundo en el que vivo y que nos llevan con frecuencia a contentarnos con una vida ordinaria, sin relieve. Ábrenos a la esperanza, para que no dejemos de pensar noblemente y para que, en definitiva, podamos agradarte.

CONTEMPLATIO
Esperamos el día del aniversario del nacimiento de Cristo: levántese nuestro espíritu rebosante de gozo, salga al encuentro de Cristo que viene, siempre adelante con ardor impaciente, casi incapaz de contenerse o de soportar la tardanza… Pido para vosotros, hermanos, que el Señor, antes de aparecer para todo el mundo, venga a visitar vuestro interior. Esta venida del Señor es
oculta pero admirable y pone al alma que contempla en la admiración dulcísima de la adoración. Bien lo saben los que lo han experimentado; quiera Dios que quienes no lo han experimentado lo obtengan por el deseo (Guerrico de Igny, Sermones de Adviento, 11).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:«No queda defraudado quien en ti espera» (Sal 24,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tendrá lugar entonces, sin duda, la Parusía sobre una Creación llevada al paroxismo de sus aptitudes para la unión. Revelándose al cabo la acción única de asimilación y de síntesis que se proseguía desde el origen de los tiempos, el Cristo universal brotará
como un rayo en el seno de las nubes del Mundo lentamente consagrado. Las trompetas angélicas no son más que un débil símbolo. Agitadas por la más poderosa atracción orgánica que pueda concebirse (¡la fuerza misma de cohesión del universo!), las móna-
das se precipitarán al lugar en que la maduración total de las cosas y la implacable irreversibilidad de la Historia entera del Mundo las destinarán irrevocablemente; las unas, materia espiritualizada, en el perfeccionamiento sin límites de una eterna comunión; las otras, espíritu materializado, en las ansias conscientes de una interminable descomposición.

De este modo se hallará constituido el complejo orgánico: Dios y Mundo, el Pleroma, realidad misteriosa que no podemos decir sea más bella que Dios solo, puesto que Dios podía prescindir del Mundo, pero que tampoco podemos pensar como absolutamente accesoria sin hacer con ello incomprensible la Creación, absurda la Pasión de Cristo y falto de interés nuestro esfuerzo. Entonces será el final.
Como una marea inmensa, el Ser habrá dominado el temblor de
los seres. En el seno de un Océano tranquilizado, pero que en cada
gota tendrá conciencia de seguir siendo ella misma, terminará la
extraordinaria aventura del mundo. El sueño de toda mística habrá
hallado su manifestación plena y legítima. Dios será todo en todos
(P. Teilhard de Chardin, El porvenir del hombre, Madrid 1965, 378-379).

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