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La misión evangelizadora de la Iglesia

La misión esencial de la Iglesia es la evangelización. La buena nueva que la Iglesia tiene que anunciar al mundo es la proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece a todos los hombres la salvación, es decir, la participación en la plenitud de la vida divina, como consecuencia del eterno designio del Padre de predestinar al hombre a una
íntima unión con él.

Pero, dado que la instauración del Reino de Dios afecta a la vida concreta, personal y social del
hombre, la misión evangelizadora de la Iglesia no se puede desentender de una restauración del orden temporal que suponga la liberación de toda injusticia y de toda alienación.

En lo que se refiere a este doble cometido de la Iglesia, tanto los documentos conciliares como posconciliares afirman claramente:
– que es cometido de toda la Iglesia trabajar para que el orden temporal se ajuste cada vez más al espíritu evangélico.

– que ante la problemática que, a veces, surge al plantear estos dos cometidos de la Iglesia – evangelización y promoción humana- no se pueden defender posiciones radicales que pongan de relieve de forma unilateral uno solo de estos dos cometidos, porque con ello se desfigura la misión de la Iglesia.

Entre los documentos básicos que podemos señalar para profundizar en la misión de la Iglesia está la Exhortación Apostólica de Pablo VI La evangelización en el mundo contemporáneo -Evangelii nuntiandi-, la Constitución pastoral Gaudium et Spes y el Documento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño celebrada en Aparecida, Brasil en el año 2007.

El lema de la V Conferencia “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que todos en El tengan vida” llama la atención sobre la inseparabilidad entre la profesión de fe y el compromiso misionero. La vocación cristiana es una vocación al discipulado y es precisamente el discípulo el que puede ser auténtico misionero. Pero el discípulo ha de prepararse para ejercer la misión y, a su vez, la misión fortalece y alimenta al discípulo quien debe arraigar su vida en Cristo.

El fin propio de la misión eclesial es “anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos” (LG 5) o, como dice LG 9, “dilatar más y más el Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos El mismo también lo consuma, cuando se manifieste Cristo, nuestra vida (Col 3,4)”.

Esta Misión de la Iglesia “continúa y desarrolla en el decurso de la historia la Misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres” (AG 5), porque “lo que ha, sido predicado una vez por el Señor, o lo que en El se ha obrado para salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra, comenzando por Jerusalén, de suerte que lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación alcance su efecto en todos en el curso de los tiempos” (AG 3).

“Para que esto se realizara plenamente, Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo… y el Espíritu Santo infunde en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo” (AG 4).

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