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La vocación y misión de los laicos

La palabra “laico” deriva del término griego laós que significa “pueblo” y que se encuentra con mucha frecuencia en el NT, para designar primero a los judíos y posteriormente, a los cristianos -es decir al pueblo de Dios- por oposición a los paganos. Pero en el NT no se encuentra esta
palabra. Se usa por primera vez en San Clemente de Roma (95) con el significado de “miembro de
la Iglesia que no es ministro ordenado” (Ad Cor 40, 5) y en los escritos eclesiásticos es bastante
utilizada en este sentido a partir del siglo III. Pero, a pesar de que, como acabamos de ver, el término era conocido desde la antigüedad, la reflexión teológica sistemática sobre el laicado no se ha desarrollado hasta tiempos recientes. Esta reflexión surgió con fuerza como consecuencia de los movimientos renovadores precursores del Vaticano II y fue trabajada ampliamente en el
capítulo 4 de la LG y en el Decreto sobre el apostolado de los seglares (Apostolicam actuositatem).

El Sínodo de obispos celebrado en 1987 trató de modo específico y amplio el tema de la vocación y
misión de los laicos en la Iglesia. Las conclusiones de este sínodo quedaron expuestas en la Exhortación Apostólica Christifideles laici (Los fieles laicos), actualizando y puntualizando muchas
de las ideas del Vaticano II.

A la pregunta ¿Quiénes son los laicos? Vaticano II responde de manera positiva. Afirmó la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y puso de manifiesto el carácter peculiar de su vocación, que tiene fundamentalmente la finalidad de buscar el Reino de Dios tratando y
ordenando, según Dios, los asuntos temporales (LG 21). También señala que los laicos participan según el modo que les es propio del triple oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo.

Participan del oficio sacerdotal cuando, movidos y vivificados por el Espíritu, ejercitan un culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hermanos, consagrando el mundo a Dios a través de sus obras (LG 34). Participan del oficio profético de Cristo que los capacita para ser pregoneros de la fe, anunciando el evangelio con la palabra y el testimonio de vida (LG 35). Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los laicos participan en su oficio real y son llamados por él a
servir al reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado y después en la propia entrega, para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos,
especialmente los más necesitados. Pero también están llamados a dar de nuevo a la creación su
valor originario (LG 36).

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