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El alimento de la espiritualidad conyugal

La espiritualidad conyugal nace de la fe, vive en la esperanza y se expresa en la caridad. Fundamento de toda espiritualidad cristiana, la fe, la esperanza y la caridad son acogidas como don del Espíritu y vividas en modo peculiar en el ámbito de la vida de familia. La fe se torna confianza y fidelidad a Dios y al otro; la esperanza, empeño por la construcción del reino y por la realización de la justicia a través del testimonio y de la presencia de la familia; la caridad, don recibido y aceptado del Espíritu y difundido entre los hermanos y en la comunidad. La palabra de Dios alimenta la fe; la conversión y el arrepentimiento sostienen la esperanza; la experiencia del amor restituye su sentido profundo a la eucaristía y la convierte realmente en acción de gracias.

1. PALABRA – La palabra es, pues, alimento de la fe. En la palabra de Dios, la familia cristiana adquiere claridad, confronta con ella su vida y opciones, por ella se convierte y reemprende el camino cotidiano. Existe, por consiguiente, en la vida de las familias y de los esposos cristianos un “momento de la palabra”, que es factor constructivo de la “pequeña iglesia” doméstica. Tal momento puede asumir diversa extensión; puede consistir simplemente en el empeño por escuchar atenta y reflexiva-mente la palabra proclamada en las liturgias dominicales (empeño a cumplir-se fiel y responsablemente); o puede desplegarse en formas más amplias, en las cuales, aun atribuyendo un valor fundamental a la palabra proclamada, se practica también una lectura doméstica de la palabra, lectura sugerida por hechos ocasionales, como los tiempos litúrgicos o aniversarios familiares particulares. La reflexión sobre la palabra, leída o escuchada, lleva a la familia a una actitud común de agradecimiento, de oración, de humildad ante Dios, a una espera confiada del perdón.

2. PENITENCIA – La palabra mueve a la familia a la penitencia cristiana, a reconocerse pecadores, a poner su confianza en el amor del Padre y, en este amor, a recomenzar la tarea y la alegría de vivir. En particular, en el plano de la espiritualidad conyugal, la penitencia puede recobrar su significado comunitario pleno, por encima de ese proceso reductivo de privatización que lo había oscurecido en no pequeña medida. En las celebraciones penitenciales comunitarias los esposos entran con su identidad de pareja: portadores, como todos, de sus pecados personales y sociales, pero también de faltas que les afectan específicamente en cuanto pareja y comunidad familiar; mas al mismo tiempo disponibles para saborear juntos la alegría del perdón y del retorno a la casa del Padre. Convencidos de que las culpas personales se reflejan en su realidad conyugal como y más que en todo el cuerpo de la Iglesia, los cónyuges cristianos piden perdón también a los otros y, en primer lugar, al “otro” por excelencia, el esposo o la esposa. A esta luz asume un significado particular el intercambio de la paz en la celebración eucarística, en la cual los esposos,al participar juntos, son signo de la reconciliación alcanzada y, al mismo tiempo, interpelación a una constante conversión.

3. EUCARISTÍA – En la espiritualidad conyugal, como en cualquier otra forma de espiritualidad, la eucaristía constituye el momento central y constructivo; la eucaristía edifica el matrimonio cristiano en su dimensión histórica, concreta, dinámica. Recibiendo el cuerpo de Cristo, que se reparte, y su sangre, derramada por todos, los esposos se hacen el uno al otro el don irrevocable de si mismos y, al par, el don común a todos los hermanos; y confirman asimismo en Cristo el don total de su ser conyugal, de su conyugalidad. A través de la eucaristía se recapitulan en Cristo (Col 1,19) todos esos valores sagrados y seculares que forman el tejido de la vida de la pareja; es Cristo, en efecto, no la buena voluntad de los esposos, el que redime continuamente las realidades humanas y las hace capaces de convertirse en instrumento de crecimiento sobrenatural. El es, en la eucaristía, el “Dios con nosotros” (Mt 1,23) continuamente entregado por la salvación del mundo; es también el Dios que llama mediante el Espíritu; por eso en la eucaristía la pareja recoge el llamamiento a caminar hacia una dimensión conyugal que sea una participación cada vez más plena y signo cada vez más transparente del amor CristoIglesia. En este sentido, la condición conyugal se convierte también, de algún modo, en una eucaristía, en un memorial perenne y viviente del amor fiel y sacrificial de Cristo por el hombre (1 Cor 11,25ss). Pero la eucaristía edifica también, al par que la comunión conyugal, la comunión familiar: fundamenta en la Iglesia la iglesia doméstica. Los diversos momentos de la vida doméstica, las ocasiones de vivir juntos pueden convertirse entonces en una prolongación y un anuncio, a nivel humano y educativo, de la fiesta, de la cena, del encuentro con los hermanos, a quienes el Señor llama a su eucaristía. Esta densidad evocativa y significativa de los gestos habituales de la vida en familia resulta más evidente en la inminencia de la “preparación” a los sacramentos de la iniciación cristiana’, que no podría, si es verdaderamente tal, dejar de implicar a toda la familia. En el ámbito de la fecunda relación entre eucaristía y espiritualidad familiar, se sitúa asimismo la experiencia de las “misas domésticas”, destinadas, por cierto, no a separar a las familias del cuerpo eclesial, sino más bien a hacerles experimentar el sentido y el valor de su entidad de pequeñas comunidades de iglesia.

Palabra, penitencia, eucaristía forman el tejido de la plegaria conyugal y familiar que, precisamente en cuanto comunitaria, no puede dejar de arraigar profundamente en estas realidades. En momentos específicos y más reposados (retiros, ejercicios espirituales, encuentros de reflexión y de revisión de vida), la plegaria conyugal adquiere vigor y frescura; mientras que en las ocasiones recurrentes en la vida cotidiana (las comidas, el domingo, las grandes fiestas litúrgicas, los dolores, las alegrías, los acontecimientos del mundo) recibe el estímulo para hacer presente en la comunidad familiar a Cristo, que escucha, ama y perdona.

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