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HUMILDAD Reconocer los dones de Dios y la propia realidad

La virtud de la “humildad” indica el reconocimiento de la propia realidad como “humus”, tierra. Todos los seres, también el hombre, provienen de la nada por una acción divina que los ha creado. Reconocer prácticamente esta realidad, supone reconocer los dones recibidos y también la propia limitación humana. En este sentido “la humildad es la base de la oración” (CEC 2559).

En la revelación del Antiguo Testamento se llega a presentar a los “pobres” y humildes (“anawim”) como predilectos de Dios (cfr. Is 10,2; Sal 34,19). Son frecuentemente los marginados de la sociedad, pero también los que se someten a la ley de Dios o son fieles en cumplir su misión (al estilo de Moisés y los profetas). Para los tiempos mesiánicos, Dios quiere un “pueblo humilde y pobre” (Sof 3,12).

La actitud humilde de Jesús y de su Madre

Jesús, el Siervo de Yahvé (cfr. Is 53), redimió la humanidad por medio de su actitud de obediencia y “humillación” o anonadamiento (cfr. Fil 2,5-11). Su vida escondida de Nazaret y su sintonía con los pobres, se puede resumir en la actitud de un “corazón, manso y humilde” (Mt 11,29; cfr. Sof 3,12). Su filiación divina no le impedía reconocer que todo cuanto tenía, especialmente su doctrina, era del Padre (Jn 7,16). Su humildad se traduce en “obediencia” al Padre y en compasión y servicio respecto a los hermanos.

María, la Madre de Dios, fue la primera en vivir este mensaje mesiánico, ya sea por la obediencia a la Palabra y voluntad de Dios (cfr. Lc 1,38), como por la actitud de servicio y de reconocimiento de la propia “nada” (cfr. Lc 1,39-48). Esa humildad es radical pobreza interior, en vistas a la fidelidad a los planes de Dios. Los santos, como San Francisco de Asís, han optado por imitar la humildad de Jesús y María, porque en el Hijo de Dios, aparece que “Dios es humildad”.

Humildad ministerial y misionera

El camino del éxito en la evangelización pasa por la “humildad” y pobreza bíblica, como actitud de abandono confiado y comprometido en las manos de Dios (cfr. 1Pe 5,6-7). La actitud apostólica es siempre de servicio (“ministerial”), a modo de “instrumento vivo de Cristo” (PO 12).

El apóstol no es un patrón, que pueda hacer y deshacer los contenidos y los signos eclesiales, sino un imitador de Cristo servidor de todos. Su servicio es de “entrega total, humilde y generosa, a la Iglesia” (PDV 21). Con esta “humildad” se construye la comunidad, basada en “la unidad que es fruto del Espíritu” (Ef 4,2).

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