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MEDIOS QUE LA CUARESMA NOS OFRECE

a) El Pan de la Palabra: La iniciativa parte siempre de Dios, la Palabra divina. la Iglesia se hace Catecúmena. Nos sentamos de nuevo en la escuela de la Palabra, para aprender. para entrar más a fondo en el conocimiento de los planes de Dios y su misterio de salvación. Cuaresma, tiempo de meditación en la Escritura. Contemplación de la historia de la salvación: “el que medita la ley del Señor día y noche, da fruto a su debido tiempo” (miércoles de ceniza).

La verdadera imagen de la Iglesia en Cuaresma no es solamente la de un pueblo que ayuna y llora, vestido de saco y silicio, sino sobre todo la de una comunidad que se recoge en escucha orante de la Palabra de su Señor.

b) Intensa oración: La lectura de la Palabra de Dios nos lleva a una más intensa oración. La reforma que hay que cumplir en la Cuaresma no se puede realizar sin la ayuda de Dios. Es Él el que purifica nuestro ser, el que nos renueva, el que convertirá nuestro viejo Adán en el nuevo Cristo.

Y por eso nos postramos en oración. “pedid y se os dará, buscad y encontraréis” (jueves 1º). La Iglesia en oración sobre todo en Cuaresma para que no nos creamos que con ayuno y los demás ejercicios ascéticos que podemos emprender en este tiempo, somos nosotros los que merecemos la nueva vida. oración persona y oración litúrgica, colectiva. En unión de toda la Iglesia. O de la comunidad a la que pertenecemos.

c) La Celebración de la Eucaristía: Mejorar nuestra participación en ella. La Eucaristía como fuente de nuestra reforma y como muestra de nuestra inserción en el misterio pascual.

d) El ayuno: Con la palabra y la Oración, la Cuaresma estimula en nosotros un trabajo personal y colectivo de Ayuno. Un ayuno con dimensiones profundas y personales. No el ayuno reducido a la abstinencia de alimentos. Eso sería tergiversar el sentido de la “penitencia”, que debe ser una vuelta de toda la personalidad a Dios.

El ayuno cuaresmal tiene un contexto mucho más radical que la simple abstinencia de alimento. Es el ayuno del hombre viejo. El ayuno del pecado. La renuncia a los propios caminos para abrazar a Cristo. Este es el ayuno principal. La lucha contra el pecado en nosotros mismos.

El que no quiere renunciar a nada, el que se concede a sí mismo todo en la comida, en la diversión, en el placer, es señal de que no se ha puesto en clima de conversión pascual. El privarse de algo es signo de nuestra vuelta a lo esencial en la vida: Dios y sus caminos. Lo demás es todo relativo.

Tal vez hoy día lo que más nos estorba a un sano recogimiento y a una agilidad espiritual no son tanto los alimentos, cuanto las imágenes y la palabrería. Una discreta renuncia a espectáculos, a las lecturas, a tantas cosas que nos ofrece la sociedad de consumo, pueden ser todavía más útiles que los sacrificios en la comida, en el tabaco o en los dulces.

“Foméntese la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles” (SC 110). Se puede, pues, adaptar el “ayuno”, pero valorando siempre más esta base radical de renuncia a lo que no es Cristo en nosotros para convertirnos a Dios.

e) La caridad: Una de las señales de la recta inteligencia del ayuno es que termine en la caridad. Ayunar para dar al prójimo. El ayuno cuaresmal no es meramente negativo, sino que es renuncia a nuestras apetencias, para abrir las puertas a Dios (oración, lectura) y al prójimo (caridad). las dimensiones del más auténtico cristianismo: “dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo… el ayuno que yo quiero es éste (viernes de ceniza); misericordia quiero y no sacrificios” (sábado 3º).

f) La confesión pascual: En la lucha contra el pecado, en el juicio contra todo lo viejo y anticristiano que hay en nosotros, la reconciliación nos orienta, nos da fuerza, nos proporciona una ocasión magnífica para someter nuestra existencia de pecadores al juicio y la misericordia de Dios, que es el que en definitiva nos tiene que nos tiene que transformar.

Este sacramento renueva la vida bautismal en nosotros y nos introduce en la Eucaristía, que es la renovación de la Alianza.

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