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Cristianos que se Convierten en Cuaresma

La incorporación creciente al misterio de la Pascua de Cristo la expresa la liturgia cuaresmal en una palabra: conversión.

La palabra griega “metánoia” significa “cambio de mentalidad”.

La latino “con-versio” viene a indicar lo mismo: “vuelta, cambio de dirección”:
– que nuestra mentalidad mundana, lejana al evangelio, se convierta en mentalidad cristiana;
– que nuestro caminos de pecado, nuestra vida carnal y materialista, se dirijan ahora por los caminos de la gracia, una vida según el espíritu;
– que donde reinaba el egoísmo, cerrando las puertas a Dios y al prójimo, se inaugure una apertura de docilidad para con Dios y de amor práctico para con el prójimo:

Convertíos a mí de todo corazón,
convertíos al Señor Dios vuestro (miércoles de ceniza);
y Leví, dejándolo todo, se levantó y lo siguió…
He venido a llamar a los pecadores para que se conviertan (sábado de ceniza).

Un cambio, una nueva dirección en la vida. Empezando por la mentalidad, que es la raíz de toda conducta.

EL DEDO EN LA LLAGA

Una conversión auténtica hace “daño”. Porque nuestra Cuaresma y nuestra Pascua no debe dedicarse a jugar con las ideas. Ni contentarse con aguas de rosas. Debe llegar al fondo.

Este “convertirse”, que es “morir con Cristo para resucitar con El”, debe entrar con decisión hasta lo más profundo de nuestro ser. Y reformar. Cortar. Cambiar. Y nos dolerá. Como cuando el dentista toca el nervio enfermo. Si no le hacemos “daño” al hombre viejo en Cuaresma, es que no le hemos puesto el dedo en la llaga.

A lo mejor nos hemos contentado con dar una limosna o abstenernos de unos caramelos o cigarrillos. Si no nos hemos abstenido del pecado y del egoísmo, no ha entrado la Cuaresma en la raíz de nuestra personalidad. Y tampoco entrará la Pascua.

Si entendemos la “penitencia Cuaresmal” como un pequeño ayuno, que no nos cuesta gran cosa, y no nos transforma interiormente, poco habremos conseguido de la Cuaresma. Y mal podremos tocar las campanas de Pascua:
“rasgad los corazones, no las vestiduras, convertíos al Señor Dios vuestro” (miércoles de ceniza).

Es adentro donde tiene que bajar la conversión, y no quedarse en la superficie.

Celebrar la Cuaresma es mirarse sin ningún miedo al espejo de Cristo. Encararse con sus exigencias. Comparar su programa y su ideología con la nuestra: ¿qué nos falta?, ¿qué nos sobra? Y emprender con decisión la reforma:
“Seréis Santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy Santo” (lunes primera semana).

Lo importante en Cuaresma es incorporarse a esa carrera del Cristo que muere y se levanta a una existencia nueva de resucitado. Lo importante es realizar con la ayuda de Dios en lo más hondo de nuestra persona esta “conversión”, paso pascual de las sombras en que siempre andamos metidos, a la plena luz.

Los medios exteriores de la “observancia cuaresmal” son útiles, tienen importancia. Pero siempre con expresión de postura interior, del empeño personal, y sobre todo, como expresión de la acción interior de Dios, que obra con nosotros la gran renovación pascual.

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